lunes, 28 de marzo de 2011

Vanos Rituales

Debo de aceptar que en la pubertad, entre tantas dudas, hubo un momento en el que me volví un esclavo del espejo. Me preguntaba ¿como me verán los otros? cuando me veía en él todos los días. Lavaba mis dientes, y hasta me peinaba buscando en el fondo de mi mirada alguna respuesta a todas las dudas que me daba el crecer.
Así fue que un día, luego de bañarme, limpie el vapor del agua en el espejo para repetir el ritual al que estaba acostumbrado. Siempre adoré la calidad de reflejo que daba ese espejo en particular. A veces algunos espejos nos muestran como queremos vernos: despejados, jóvenes y felices. Pero esta vez, me note distinto. No me recordaba así. Mi reflejo no era el que solía ser, me veía raro, como si mi rostro hubiese cambiado, como si no fuera yo el que se analizaba allí.
Pensé que el vapor del agua había estropeado el espejo. Tal vez había engordado o bajado de peso, pero la balanza me hizo entender todo lo contrario. Intente verificar mediante un concienzudo analisis de mi rostro cual era el cambio. En mis ojos, nariz y boca no encontré diferencia. La barba rala y precoz, me mostraba un rostro distinto, pero no era ese el problema; y mucho menos algún nuevo golpe, protuberancia o deformidad se habian apoderado de mi extraña faz.
Entonces me quedé pensando, sin dejar de mirarme. Tocaba mis mejillas y nariz . Estiraba mis orejas y parpados. Y no encontré un motivo para verme tan distinto. Me angustiaba no encontrar una respuesta válida para convencerme. El desgano crecía dentro de mi y se apoderaba de la poca paciencia que me quedaba.
¿Qué había pasado? ¿Cuál era el motivo para no reconocerme?
No supe nunca que pasó conmigo. Tal vez fueron los años que me jugaron una mala pasada, y sin notarlo transcurrieron imperceptibles en segundos. O pudo ser que algún bromista simplemente cambió el espejo del baño. Lo que supe fue que al no encontrar respuestas, algo cambió dentro de mi.
Deje de peinarme y muy pocas veces volví a mirarme, o lavarme los dientes frente al espejo. De algún modo ese cambio hizo surgir mi capacidad de abstracción para dejar atrás las banalidades, y concentrarme en ir en búsqueda de la verdad. Para al fin dejar de preocuparme por idioteces ególatras como solía hacerlo cuando era niño.

viernes, 11 de marzo de 2011

Cruciales encrucijadas de una mente despistada

Hay características innatas en cada uno de nosotros. Características con las que nacemos y que nos persiguen durante toda la vida. Quien sabe porque extraño motivo jamás logramos controlarlas. Están inmersas en nosotros hasta los huesos, y la inconsciencia no nos deja esconderlas, ni tampoco huir de su implacable seguimiento.
¿Por qué no podemos escapar? Tal vez sea porque las llevamos en los genes desde que nacemos. Porque nos las transmiten durante generaciones. O porque existen energías incontrolables dentro de un mistico y profundo universo personal e interior.
La verdad, es que a pesar que intentamos cambiarlas, siempre volvemos a sucumbir ante ellas. Son poderosas, y nos dominan a tal punto, que se convierten en nuestras enemigas mas intimas.
La sociedad y los maestros luchan por enseñar a los niños a que sigan las pautas que ellos les enseñan. No se acepta a aquellos niños de mentes que buscan e indagan, no es lógico festejar a aquellos pequeños que viven intentando encontrar respuestas a lo inconcebible. Los predeterminan a obedecer y no a soñar. Los sueños son malos para una sociedad progresista, porque tal vez esos sueños jamás se conviertan en realidad, y el tiempo que costo aquel sueño inconcluso, es dinero quemado.
De pequeño, a pesar de los intentos de mis maestros, jamas pude escapar de mi mayor característica, ser despistado. No podía luchar con mi verdad, solo dejarme llevar por mi interminable forma de flotar ante la nada.
En el colegio, solía entrar en trance por culpa de canciones dentro de la mente que me alejaban totalmente de las clases. Recordaba cada letra y la tarareaba como si fuese parte de ella. En otras ocasiones, miraba la luz del fluorescente durante horas, como si en ella hubiese un mundo nuevo por descubrir.
Fue pasando el tiempo, y pesar que me enseñaron a luchar con el fluir ilimitado de mis ideas, comprendí que solo ello me brindaba una felicidad distinta a la de los otros. No vivía pensando en dinero ni mujeres, no me interesaba el poder ni el reconocimiento, lo único que pedía, que al llegar la noche, logrará ver el cielo lleno de estrellas en las noches plomas, y perderme en él.
En la universidad continuo. Pasaba las clases escribiendo, pero jamas lo que el profesor dictaba. Y aún ahora que ha transcurrido el tiempo, hay días en que quedo atrapado pensando en cosas tan insulsas como porque el viento del sur siempre sopla en mi contra, y el del norte siempre es cálido. O tan solo quedarme varado en la cama luego de despertarme, y dejar todo de lado para respirar profundo por horas, intentando comprender al aire que inunda mis pulmones de vida.
Se que allá afuera existen muchas personas como yo. Personas que intentan recordar la verdadera felicidad de la infancia, cuando aún eran totalmente libres. Cuando no luchaban por sexo, razas ni dinero, porque la sociedad no lograba convertirlos en sus secuaces.
Se que hay personas que sueñan e indagan. Personas que viven la vida dentro de encrucijadas que parecen vanas, pero que son cruciales porque nos enseñan a vivirla en su máximo esplendor sin necesidad de dinero ni poder. Aquellas encrucijadas a las que la sociedad progresista no les hace caso, porque son creadas por mentes felizmente despistadas.

lunes, 21 de febrero de 2011

Hogar, dulce hogar

Rashid Zamidar olvidó lo que era ser un tipo apacible desde que dejo su casa. La guerra lo transformó en un ser grotesco y despiadado. Lo que solía ser un niño lleno de ilusión se convirtió en un bastardo asesino transtornado por la impiedad bélica.
Tenía los ojos negros y la mirada vacía como la de un cuervo en la absoluta oscuridad. Las cuajadas venas de sus ojos parecian ríos de fuego al deslizarse por lo poco que se podía ver del iris casi mostaza. En una mano, un cigarrillo de tabaco negro subía a su boca cada cierto tiempo. En la otra, reposaba inerte, un revolver calibre 38 exhalando humo como un dragón dormido.

Sus ojos no se separaban del monitor que repetía el mismo programa. La luz del televisor consumía su piel, iluminándolo como apoderándolo de un resplandor radioactivo. Su cuerpo empezaba a bañarse de esa luz extraña que lo mantenía en estado de trance y reposo. La sensación que lo sedaba lo mantenía inmóvil. El momento lo envolvía en un sentimiento de paciencia y calidez. Volver, luego de tanto tiempo, al hogar en el que nació, lo hacía recordar momentos cálidos que afuera jamás encontró.
La poca luz creaba tristes y suaves colores al difuminarse con el cristal de vaso lleno de arak. Se encontraba tan cómodo y tranquilo, que no se percataba del alboroto que acontecía fuera del lugar.
Un estado de felicidad sublime lo empapaba debido a aquella luz. Solo su brazo se movía de arriba a abajo llevando el cigarrillo una y otra vez a su boca, para luego de cada potente calada acercarse a entender al placer. En ese estado de extremo reposo, sentía el humo penetrando aturdido por sus pulmones cuando lo inhalaba. Podía percibir cada partícula de tabaco incinerado rebotando alocado dentro de sus pulmones.
Había logrado callar su interior para encontrar la paz que necesitaba, la niñez olvidada. Estaba tan sumido en ese sentimiento que no se percataba de los brutales golpes que amenazaban con tumbar su puerta.
Cuando la puerta cedió, la policía entro para quedar estupefacta con lo que veía. Tres cuerpos bañados en sangre, cubiertos de agujeros de bala yacían regados en el suelo.
El arma descansaba sin furia en su mano y aún exhalaba humo. No intento defenderse. Solo escucho a su espalda los gatillos cargándose y luego los insaciables disparos de la policía. Cuando el plomo frio ingreso a su cuerpo, supo que sabor tenía la muerte, y sonrió.
Estaba listo para enrumbarse hacia lo desconocido. Había recuperado el lugar donde encontraba tranquilidad, su palacio perdido. Dispuesto a morir y matar por él, todo valía la pena ahora que tenía una verdadera razón para ello.

martes, 8 de febrero de 2011

Los vicios del placer

Se sentó delante de mí con una falda diminuta y cruzando las piernas como si no existiera frente a ella. Mostraba sus placenteros dotes como sin saberlo y no dejaba nada a la imaginación. El pequeño pedazo de tela que envolvía apenas a sus jugosos muslos de terciopelo, era capaz de embrutecer hasta a la mente mas clara.
Me preguntaba que hacía una mujer tan perfecta sentándose de ese modo frente a mi. Pensaba que alguien se burlaba para tentarme y robar la tranquilidad que tanto me había costado conseguir.
Sus piernas me cantaban un soneto hipnotizante con su diabólico y brillante bronceado. Yo intentaba ser un caballero y no mirar, para no quedar atrapado en aquella exitante visión. Estaba seguro que si lo hacia, caería presa de la vehemencia que suele capturarme en este tipo de exóticas y turbias situaciones. Desde muy dentro afloraraban desesperadas las ansías de mirar, pero quería probarme que no sucumbiría ante tan perfecta tentación. Los deseos suelen llevarme por vicios de los cuales no puedo escapar con solo decidirlo. Vicios de placer tan poderosos, que destruyen mi capacidad de negarme, al hacerse imposible dejarlos pasar.
En realidad, estaba cansado de mentirme. Escapar de la verdad no me dejaba descansar. Dormir se me hacía cada vez más difícil. No aceptar que necesitaba regresar a aquellas noches de insomnio y placer que tanto anhelaba, me hacia buscar a todo momento salidas que no me convencían. Pero en la vida me he mentido suficiente para convencerme de muchas cosas, y al parecer, esta era una ocasión para entenderlo. ¿Como podía yo, un simple humano, negarme ante aquella oportunidad que me presentaba la propia divinidad?
Mientras divagaba en aquel pensamiento, mis ojos decidieron bajar y perderse en aquella diosa sentada frente a mí. Deje de inmediato de pensar en negarme, y acepté que estaba cansado de luchar ante aquel irrefrenable deseo animal. No hay peor forma de correr de la realidad que mentirse, y yo no quería mas eso para mi.
El mundo siempre nos presenta modos de comprendernos cada vez más raros. Y es que a veces el azar nos enfrenta a situaciones y personas a las que no debemos de dejar pasar. Porque de eso esta hecha la vida, aprender a reconocer como dejar de mentirnos para ser felices.

jueves, 27 de enero de 2011

El arte de morir

Hace muy poco, por circunstancias que prefiero no recordar, estuve a punto de tocar la oscuridad insaciable y voraz de la muerte una vez más. En un solo segundo de duda, sentí el poder de todos los miedos golpeándome el cuerpo como una ráfaga de flechas asesinas. Jamás sospeche enfrentarla nuevamente. Pensé que si me portaba bien con la vida, esta no me traería tan horrendas y difíciles situaciones que enfrentar. Pero no fue así, el pasar de los días me sigue haciendo luchar con situaciones cada vez más letales y extrañas.
En el pasado, mas de una vez me sacudió el impacto abrumador de ver las puertas oscuras cara a cara. El susto venía acompañado por un tipo de helada y extraña electricidad que recorría mi espina dorsal, como si mi cuerpo utilizara toda su energía vital para electrocutarme.

No sé si enfrentar a la muerte sea un estigma o simplemente un triste don al que estoy atado por siempre. No sé si este predestinado a recibir sustos y golpes tan fuertes que afecten mi manera de ver la vida con el pasar de los días. Lo que se, es que vivir del modo que lo hago, con ganas sublimes de enfrentar lo indecible, me seguirá dando esos terribles sustos. Sustos, que por mas aterradores que sean, debo de intentar entenderlos y aprender de ellos, o probablemente no volveré a tener otra oportunidad de vivir.
Debo aceptar que la vida me planteo en diversas oportunidades la posibilidad de enfrentarla cara a cara. A pesar que hasta ahora siempre salí airoso, cada enfrentamiento dejó huella en mi forma de ver el mundo, y sobretodo en mi cuerpo y mente. Fueron golpes que calaron tan profundo que se volvieron
ideologías, temores y conocimiento.
Es momento de sentarme a pensar y respirar profundo. Para convencerme de aceptar que cada vez que me enfrento a un acontecimiento mortal, me acerco mas a comprender la vida. Y que aquella sonrisa fatal y tentadora que he visto más de una vez invitándome al lado oscuro, será una compañera eterna a la que debo de hacer esperar, porque aún no me he colmado de vida ni conocimiento, porque aún no he aprendido bien el arte de morir.

lunes, 24 de enero de 2011

Calmada ansiedad

La vi desde lejos flotando entre la gente como una gaviota sobre el mar. Fue como una estrella fugaz cruzando por la pista de baile y alumbrando todo a su paso por la oscuridad. Parecía como si fuera parte del viento , como si un pacto divino le hubiese dado el poder de conquistarlo.
La observé durante toda la noche con la paciencia intranquila de un halcón hambriento a su presa. La miraba fijamente intentando que volteara hacia mí. La ilusión infantil que me invadía y que me hacía pensar que en algún momento me vería, me causaba un raro placer. Porque podría quedarme quieto toda la noche esperando por una pequeña sonrisa, por un gesto que moviera mi mundo. Las ganas de acercarme me dificultaban respirar, como si me estuviera encogiendo. La calmada ansiedad que experimentaba embrujaba todos mis pensamientos.
Supuse que podría acercarme, pero jamás conté con que los nervios me jugarían una mala pasada. Y aún menos esperé que las cervezas que llevaba encima me mantuvieran petrificado. ¿Qué le diría cuando le hablara? Me encontraba estupefacto y con demasiadas dudas de hablarle. Suelen salir sublimes estupideces de mi boca en ese tipo de estados.
Así pasó la noche sin darme cuenta, entre monólogos interiores e indecisiones. De pronto y sin notarlo, como suele ocurrir debido al alcohol, el tiempo se esfumó y ella partió sin decir nada. No pude acercarme aquella noche y me odié por no calmar mi interior y haberla dejado ir. Ha pasado mucho tiempo desde ese día. Han ocurrido miles de situaciones en mi vida, y tal vez también en la de ella. Jamás supe su nombre ni su paradero. Pero la vida siempre da revanchas, sobre todo ahora, que la veo flotando a lo lejos en la pista de baile. Brilla con una luz especial entre todas las cabezas inertes del mar de gente que la rodea en la oscura nocturnidad. Me doy cuenta que lo único que no ha cambiado es su forma lejana de brindarme esa calmada ansiedad que destruye mis nervios por conocerla, pero que también brinda una alegría incomparable a mi oscuro silencio.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Sombra Vaga

Una gruesa soga enrollaba su pálido cuello como un collar grotesco. Sus pies desnudos intentaban ladear el banco donde estaban apoyados, pero cada vez que parecía decidida a hacerlo, la angustia la capturaba, y de inmediato, los dedos de sus pies se prendían como garras de aquel banco a punto de caer.
Lourdes Arregui había pasado horas jugando con aquel inestable banco. Sabía que tal vez ese sería su último día con vida. Los malos recuerdos estaban a punto de hacerla sucumbir ante la desesperación y la inestabilidad.
Cada cierto tiempo, pensaba en todo lo que la hizo llegar a esa desesperada situación. Recordaba tristezas que la desesperaban y de inmediato empezaba a jugar con sus pies para que el banco tambaleara y desapareciera toda la estabilidad.
En los segundos que sentía que iba a caer, y la soga empezaba a apretar su cuello, el miedo y los pocos recuerdos alegres afloraban como pidiéndole vivir, y la obligaban a detener su brusco movimiento.
Se preguntaba porque no podía acabar de una vez con todo. Le daba asco sentirse atrapada en ese lugar, con una soga al cuello y de pie ante el triste y desconocido futuro de la mortalidad.
Aquella noche, mientras Lourdes se encontraba en su momento de mayor indecisión, luego de largas horas jugando a morir, apareció una sombra silenciosa y la encontró cara a cara.
Un frio vomitivo inundo su cuerpo de pavor cuando lo vio aparecer. A la altura de sus rodillas, mirándola hacia arriba, aquella imagen borrosa apenas dejaba ver sus ojos tras las sombras.
Lourdes no tuvo reacción al observar los cuencos de los ojos de aquel diabólico personaje completamente vacíos. De pronto vio su vida pasar en pequeños segundos por su cabeza. Alegrías, tristezas, amaneceres, esperanzas, besos, muerte y llantos la tenían tan confundida que no comprendía si al fin había pateado aquel pequeño banco o si simplemente alucinaba ante tan inverosímil aparición.
Solo sabía que jamás sintió tanto temor. Ni siquiera hacía unos minutos cuando jugaba a la vida y la muerte intentando patear aquel banco que la mantenía con vida.
Fueron esos minutos de tensión incomprensible, en los que los dedos de sus pies tomaban el banco con todas sus fuerzas, los que le hicieron entender que la única forma de decidir sería enfrentando a sus demonios cara a cara.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La complejidad de los instantes marchitos

La vida es un cúmulo de instantes, y hay instantes en donde las cosas parecen nos funcionar. A veces son tan pequeños como un parpadeo, y otras, tan largos como el mas frio invierno.
Mientras va pasando el tiempo, esos momentos nos van acosando, incomodando y hasta destruyendo. Porque no sabemos cómo enfrentarlos, ni entendemos como huir de su macabra forma de hacernos sentir raros.
Sucumbimos ante su poder, y nos roban, en tan solo segundos, la estabilidad. Esa estabilidad pasajera y frágil que nos es tan difícil de capturar, interiorizar y acoger. Pero cuando las cosas no van bien, la calma que parecía entrar en nuestras vidas, desaparece en esos pequeños instantes que nos hacen llegar a la más pura desesperación.
Es esos momentos solo dudamos. Pensamos en el futuro y lo vemos como algo triste. Dudamos de nuestra realidad, de nuestras ganas de seguir buscando felicidad. Nos acogemos a la melancolía y esta se vuelve una triste compañera inseparable, de la cual no podemos escapar con tan solo decidirlo.
Pasamos el día intentando mentirnos. Diciendo que estamos bien y tranquilos. Sonreímos sin gracia a cada persona que se nos cruza, a cada chiste que nos cuentan. Tratamos de alejar esa carga pesada que nos envejece y marchita, pero hay cosas en la vida que no se arreglan con tan solo quererlo.
Lamentablemente cuando estamos en esos estados en donde solo nos hundimos, cavamos profundo para seguir cayendo en el abismo que nos invade. Cavamos hasta conocer la melancolía cara a cara. Como si no fuera suficiente el calvario por el que esos instantes nos hacen pasar.
¿Por qué no podemos escapar? ¿Por qué preferimos seguir destruyéndonos?
Porque somos ociosos y es más fácil esperar que intentar. Nos recostamos y divagamos en salidas que jamás aparecerán. Perdemos la noción de lo que vale una sonrisa porque no la encontramos o porque cuando la encontramos no le damos la importancia que se merece. Somos flojos y preferimos no buscar la alegría. La necedad se vuelve nuestra verdad por no intentar dejar la tristeza atrás, para seguir cayendo en aquel abismo que nos quita los años, los sueños y las ganas de seguir viviendo.

martes, 30 de noviembre de 2010

Exámenes Psicológicos

Terminar una carrera en la Universidad no me aseguró un trabajo. Habían pasado dos meses desde mi última clase y aún no lograba conseguirlo. Indague a profesores y compañeros sobre el problema, y me dijeron que sin currículo vitae sería imposible lograrlo.
Así tuve que hacerlo. Escribí de mi vida, logros deportivos, de los clubes a los que pertenecí y de los trabajos que hice. Tuve que mentir en muchas situaciones, porque los entrevistadores de las primeras cuarenta citas solo se fijaban un segundo en mi y luego miraban altaneros como diciendo "el siguiente por favor".
Fue así que llego la desesperación a mi vida por no encontrar trabajo. Mande el currículo a todas partes. Transnacionales y pequeñas empresas. Laboratorios y hospitales. Pero nada ocurría. Me llamaban una vez y luego no volvían a decir nada, solo desaparecían y dejaban una gran angustia destruyendo mis nervios.
Finalmente me llamaron por segunda vez. Era una empresa transnacional de calzados. Me pidieron que vaya temprano al día siguiente. Yo creía que el trabajo era mío. Todos en casa se alegraron, en sus rostros se notaba la felicidad más pura. Al fin podría traer algo a la mesa y así agradecer todo lo que mis padres habían hecho por mí.
Sudaba mientras me colocaba la mejor ropa que tenia. La situación me tenia tenso pero feliz, iba a conocer el lugar que me daría empleo luego de más de seis meses buscándolo.
Cuando llegue, una gran mesa con unas cuarenta personas sentadas y bien vestidas me esperaba. Llenaban algún tipo de formulario o examen. La psicóloga encargada me dijo que era la segunda convocatoria y que aún faltaban cuatro más para decidir a quién contratarían. Era el momento de los exámenes psicológicos.
¿Exámenes Psicológicos? Si yo no estaba loco, porque tendrían que hacerme algún examen de ese tipo. Pues bien, la alegría que tenia por pensar que había conseguido trabajo se volvió angustia. Amargado me senté a resolver aquel examen y lo termine lo antes posible. Entendía que las empresas necesitaban algún tipo de filtro para no tener que contratar a algún desquiciado, pero un examen de ese tipo, que había tirado mis esperanzas a la basura, solo me causaba impotencia.
Termine primero, y de inmediato, molesto y rabioso, me fui a casa a recostarme en cama e intentar escupir todas mis frustraciones al televisor.
¿Cómo fui tan iluso de pensar que ya estaba contratado?. Todavía faltaban cuatro convocatorias en las que seguro pasarían sobre mi nuevamente, intentando seguir filtrando información para conseguir, entre miles de personas, a aquel que los satisfaga. Utilizarían la necesidad de dinero que me tenía atrapado para hacer lo que ellos quisieran con mi información. Estaba seguro que no volverían a llamarme, de todos modos aún faltaban tantas convocatorias que mis ánimos, al tope antes de salir a la entrevista, ahora estaban por los suelos.
De pronto una llamada a mi celular, me decía que había pasado a la siguiente fase. Y yo, como siempre sucumbo ante mi estupidez, volví a sonreír de emoción y esperanza, pensando que esta vez si tenía el trabajo asegurado.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Las batallas de la razón

Colgó el teléfono y vio su reloj. Eran las nueve de la noche cuando se metió a la ducha y giró completamente la manija del agua caliente. Adoraba sentir el agua hirviendo tocar su piel, parecía como si todos sus problemas se disiparan junto al calor intenso y al vapor del agua que todo lo desaparecía a su alrededor. Pero esta vez no fue así, Mauro sabía que Carolina esperaba y estaba decidido en ir a su encuentro.

Ella odiaba verlo desarreglado y harapiento, siempre quiso a un príncipe azul mas que a un amante virtuoso. El solo quería recostarse durante días enteros en su abdomen, viendo a través de sus celestiales montañas , su rostro angelical.

Era medianoche cuando Mauro Cardona, salió de la ducha, limpió el espejo y se miró en el. Su barba había crecido tanto que logró esconder y transformar su rostro hasta hacerlo irreconocible. Se prometió, hace casi dos años, que no la cortaría hasta que lograra olvidar a Carolina y a ese sentimiento animal que se apoderaba de su cuerpo cada vez que pensaba en ella.

Recordó como ella detestaba esa barba larga y desarreglada de mendigo, y sin pensarlo, decidió afeitarse. Empezó bordeando su rostro con las tijeras hasta desaparecer todo el pelo que lo envolvía, para luego seguir con la navaja hasta dejarlo totalmente limpio. Una vez que terminó, se miró con paciencia y los recuerdos del pasado regresaron para revolverle el estomago de ganas y deseo. Iba a verla de nuevo y a pesar de la seguridad que tenía de recuperarla, no sabía si sería buena idea caer nuevamente en los lazos de su belleza hipnotizante.

El cuarto de baño se había librado en su totalidad del vapor, el teléfono sonaba sin parar, pero Mauro seguía mirándose al espejo. Su rostro ya sin barba no le agradaba, se sentía fuera de él, como si de nuevo hubiese cambiado de forma de ser por culpa de una mujer. Sabía que echarle la culpa a Carolina solo era mentirse, que no duraría mucho tiempo antes de volver a ser el mismo desarreglado de siempre. ¿La quería tanto como para cambiar o eran solo las ganas de volver a quererla y sentir su cuerpo las que lo hacían dudar?. Recién ahora, que estaba a punto de verla, se lo preguntaba y la respuesta de ningún modo era clara. Estaba librando la peor batalla entre la razón y su lado animal.

El tiempo había transcurrido imperceptible, como suele transcurrir cuando las ideas y los sentimientos incesantes no paran de fluir. Ya era la una de la mañana y el teléfono repicaba desesperado por quinta vez. El viento de la puerta abierta enfriaba su cuerpo desnudo y húmedo. La oscuridad de la noche no lo tocaba bajo la luz blanca del baño, y la sola idea de saber que la vería lo tenía atontado mirando en el espejo y de muy cerca el reflejo de su mirada. Intentaba buscar en sus pupilas dilatadas las respuestas que no conseguía. Quería ver si podía encontrar el modo de alejar esa angustia, pero era imposible.

Al fin, contestó el teléfono. Sabía que su instinto animal no podía olvidarla. De nuevo y sin darse cuenta, el embrujo de la belleza inigualable de Carolina había vencido a su razón. Nuevamente estaba envuelto, a pesar de no encontrarse, en su lado animal, un manto oscuro y perfecto de deseo, locura y pasión.